Isabel Herrera, de la generación 2003, fue elegida como una de las 85 ursulinas líderes por su desempeño en el mundo educacional público dentro de la Fundación Astoreca.  Quisimos como Centro de Ex Alumnas conocer más sobre su carrera profesional y como su paso por el colegio influyó en la decisión de trabajar en colegios de escasos recursos.

¿Qué es la fundación Astoreca?

La Fundación Astoreca cuenta con tres colegios y un área de Desarrollo, que se divide en asesorías, capacitaciones, editorial y un portal donde se comparten buenas prácticas educativas.

¿Cómo llegaste y por qué quisiste trabajar aquí? ¿En qué cargos te has desempeñado y cuál es tu actual cargo?

Llegué a la Fundación Astoreca gracias a una amiga que me invitó a participar. En ese momento trabajaba como profesora y llevaba tres años y medio ejerciendo, pero sentía que quería aportar de manera más directa al impacto social en el país. Decidí que era el momento adecuado, porque tenía la energía y las ganas de asumir un nuevo desafío. Así entré al área de asesorías como asesora de Lenguaje para colegios externos y también para la fundación, trabajando con cursos de segundo a cuarto básico.

Después de dos años, me invitaron a formar parte del equipo que abrió el tercer colegio, el Colegio San Juan, en 2014, donde asumí como coordinadora académica. Tras varios años en ese cargo, el colegio se dividió en dos y pasé a ser directora del ciclo básico, desde kínder a sexto básico. Más adelante, me cambié al área de Desarrollo como jefa de asesorías y capacitaciones. En ese rol estuve a cargo de las asesoras que trabajan con otros colegios difundiendo los programas y prácticas efectivas de la fundación, además de las capacitaciones de verano dirigidas a profesores. Desde el año pasado asumí un nuevo desafío como jefa de asesoría en sostenedores y redes educativas, acompañando a directores y sostenedores de distintas redes de colegios.

¿Qué desafíos enfrentas y qué es lo que más te motiva a seguir trabajando aquí?

Uno de los principales desafíos de mi trabajo es lograr que las capacidades queden instaladas en las escuelas. Muchas veces, mientras el acompañamiento está presente, todo funciona bien; sin embargo, cuando este termina, no siempre se mantiene lo aprendido, especialmente debido a la alta rotación y el desgaste de profesores y directivos.

¿Qué has aprendido sobre la educación cuando se vive desde realidades distintas?

En cuanto a los aprendizajes, he comprendido profundamente la importancia de la empatía en educación. No basta con querer implementar lo que uno considera mejor; es fundamental entender el contexto real de cada comunidad educativa y de sus familias. Sin perder el foco en la excelencia académica ni en la convicción de que todos pueden aprender, es clave adaptar las prácticas a la realidad de cada entorno y no ignorar las particularidades de cada comunidad.

¿Qué valores o aprendizajes sientes que te marcó el colegio?

Los valores y aprendizajes del colegio marcaron profundamente mi vida personal y profesional. Aprendí la importancia de hacer las cosas bien, con excelencia y compromiso, sin esperar nada a cambio. También desarrollé un fuerte sentido social, entendiendo que vivimos en comunidad y que cada uno puede aportar desde el lugar en que está. Junto con eso, cultivé un amor por la cultura, que se fue formando a través de distintas experiencias escolares.

¿Crees que tu formación en las Ursulinas influyó en la decisión de trabajar en un colegio de escasos recursos? ¿De qué manera?

Haber sido alumna y luego profesora en las Ursulinas me marcó profundamente. Poder transmitir a otras escuelas y colegios del país parte de lo que yo viví ahí es algo que realmente me mueve. Los valores que recibí influyeron directamente en mi decisión de trabajar en contextos con mayores dificultades. Siempre he sido feliz trabajando; incluso cuando debía viajar dos horas diarias para llegar a Lampa, sentía que valía la pena. Encontrarle sentido a lo que uno hace es algo impagable, y sin duda hay una herencia ursulina en esa convicción.

La figura de la Sor Ángela fue especialmente significativa para mí. Tanto como alumna como profesora, me dejó lecciones que guardo hasta hoy. Además, experiencias como la constancia en el atletismo, el profesionalismo y la exigencia del coro, la semana social y tantas otras instancias formativas fueron moldeando mi carácter. El hecho de participar activamente en esas actividades transmite valores implícitos —disciplina, compromiso, trabajo bien hecho, servicio— que terminan marcando profundamente la vida profesional y personal.